Sobre razzias vestidas de azul y complicidad entre iguales

Madrid se tiñe de azul. No del azul propio del cielo abierto, sino de ese tono del uniforme policial que inunda de represión nuestros barrios. Ese azul presente en nuestras calles y plazas nos recuerda a diario cómo se mantiene este orden de cosas; a base del sonido de las porras surcando el aire.

Para huir de frases hechas y literatura, un golpe de realidad, una estampa de esas que se graban en el asfalto: el pasado Jueves 16 de mayo nueve furgones de la Policía Nacional, dos de la Policía Municipal, diez coches patrulla y unos cincuenta agentes, irrumpieron en la plaza de Lavapiés hacia las ocho de la tarde, haciendo de las sirenas y los derrapes la banda sonora de su aterrizaje en el barrio… todo al más puro estilo de una peli cutre de Bruce Willis.

Mientras la policía local establecía un perímetro de seguridad acordonando la plaza, otros agentes, uniformados y de paisano, organizados en cuadrillas, asaltaban algunos locales de reunión habitual de personas migrantes, invadiendo casas de apuestas, fruterías, kebabs… En el interior de estos establecimientos la policía colocaba a las personas de piel oscura contra la pared, para iniciar cacheos y registros mientras se les exigía la documentación.

La plaza está muda. Solo se escucha un eco sordo de órdenes e insultos que nace de los comercios asaltados por la policía. Una a una, las personas sin papeles son conducidas a los furgones aparcados en el interior del perímetro que traza el cordón policial. Los vehículos en los que se les hacina quizá tengan como destino la comisaría de Leganitos, una de las más brutales de Europa, o la de Aluche. O quizá se dirigen al Centro de Internamiento de Extranjeros, a la espera de que un avión directo a sus países de origen despegue de esta ciudad sin corazón. Un inciso legal: sumando las 72 horas que puede durar una detención, al encierro en un CIE, que es de un máximo 40 jornadas, una persona migrante puede ser privada de libertad un total de 43 días por no poseer el permiso de residencia.

Aquel día la Policía Nacional secuestró al menos a diecinueve vecinos del barrio de Lavapìés. Ese rapto no pasó desapercibido y media hora después se concentraban unas doscientas personas en el lugar de los hechos.

Frente a la policía, que continuaba apostada en la plaza, los vecinos y vecinas solidarios/as plantaban cara. Desgañitándose, gritando a flor de piel, mayores de allá, jóvenes de aquí, mayores de aquí y jóvenes de allá, exigen con distintos acentos que la policía se vaya de un barrio que no es suyo; cabronesfarloperosasesinosya tenéis pensado iros de putas a Eurovegas eh, vergüenza me daría ser policíatorturadores… son los gritos que resuenan por las calles angostas y empinadas.

Rabia, impotencia, y mucho odio. Las bragas y gorras de los policías permiten entrever miradas fulminantes hacia las personas concentradas. Miradas contra miradas. La diferencia es que unas se acompañan de caricias a las culatas de sus pistolas enfundadas. Las otras van desarmadas. Chulería versus solidaridad.

Una vez realizada la operación, la policía se abre paso entre la concentración, atropellando con las motos, empujando, encarándose, amenazando…. la gente comienza a seguirles hacia la glorieta de Embajadores cantando fuera, fuera, fuera. Cuatro antidisturbios a pie, que hacían de cola del séquito, desenfundan las porras y se colocan los cascos. Tensión. Les llueven tres o cuatro adoquines y muchos insultos. Están nerviosos y blanden las porras en el aire, amagan una carga. Suficiente para que la gente se disperse por la plaza… La ira se disuelve. Ellos ganan. La impotencia toma forma de lágrimas y rabia. Esa noche Lavapiés aparece pintado: No sois bienvenidos, ACAB[1].IMG_20130517_205220

En referencia a la razzia ocurrida, la agencia EFE recogía la noticia afirmando, citando fuentes policiales, que se trataba de una operación contra el tráfico de drogas. Nosotros sabemos que lo que se produjo fue una redada racista; conocemos a los vecinos a los que se llevaron y somos conscientes de que los raptaron por ser negros o bangladeshíes.

Este tipo de operaciones sugieren que nos encontramos ante el preámbulo del Plan de Acción para Lavapiés, que se activará en Septiembre de este mismo año. La delegada de Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, ya avanzó hace unos meses que se estaba ultimando la puesta en marcha de un plan de mejora de la seguridad y la convivencia en Lavapiés, que busca, literalmente, reinsertar al barrio madrileño para que no se convierta en un gueto.

Este plan de reinserción requiere de la participación de Policía Municipal, que según el dossier elaborado por el Área de Gobierno de Economía y Participación Ciudadana, se traduciría en un incremento notable de la presencia policial en relación con la existente en la actualidad, realizando un patrullaje preventivo y en el que participarían, de manera coordinada, tanto componentes de la Unidad Integral del Distrito como personal de las nuevas Unidades Centrales de Seguridad.

Reinsertar el barrio quiere decir reubicarlo en el ciclo producción-consumo, incentivar la apertura de salas de exposiciones o bares de moda que aceleren una gentrificación[2] que expulse progresivamente a la clase obrera del distrito… Reinsertar Lavapiés es convertirlo en el nuevo escenario de los flujos de mercancía kitsch, es homogeneizarlo, es destruir los escasos lazos comunitarios que expresan apoyo mutuo entre iguales, es convertir la migración en un escaparate del multiculturalismo dominante.

Ni les queremos ni les necesitamos. En la complicidad entre iguales está el gusto.

[1] ACAB: All Cops Are Bastards, en castellano, todos los maderos son unos bastardos.

[2] Gentrificación es un proceso de transformación urbana en el que la población original de un sector o barrio deteriorado y popular es progresivamente desplazada por otra de un mayor nivel adquisitivo, como consecuencia de programas de recalificación de espacios urbanos estratégico

texto extraído de la Editorial antiautoritaria Klinamen

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